User Rating: 0 / 5

Star InactiveStar InactiveStar InactiveStar InactiveStar Inactive
 

Madrid- Danut Nedelen fue de los primeros en llegar a España, hace ya tres lustros. Ahora conduce camiones, pero antes fue mecánico, albañil, fontanero, pintor... «Un amigo español me dice que Dios sólo ha inventado dos cosas útiles para trabajar: la llave inglesa y los rumanos». Sí, se entrega duro en el empleo, porque «para hacer el vago» se habría quedado en Rumanía. Sueña, Danut, con comprar cuatro o cinco autocares y montar su propia empresa. Gasta lo justo y sortea con paciencia a los que le juzgan por su partida de nacimiento. «Generalmente no sois racistas, pero os jode que un rumano sepa de cualquier cosa un poco más que vosotros».

Danut tardó ocho años en conseguir los papeles. Un infierno de alegalidad que era tolerada a hurtadillas por todos mientras sus jefes le hacían trabajar un poco más que a los demás y le pagaban un poco menos que al resto. Pese a todo, su historia tiene menos tintes dramáticos que la de su mujer, Rodica, a la que nunca vio en Rumanía pero conquistó en Vallecas. Rodica pasó tres meses durmiendo en un parque primero, y en la tienda de campaña de un compatriota, después. «Comía pan duro mojado en leche», y rezaba mucho. Dios y su hijo, al que había dejado en casa, eran su impulso. Después de sufrir varios intentos de violación y de que le robara su propia patrona, consiguió un empleo cuidando a una anciana y comenzó a labrarse una vida digna. Un millón de historias iguales La historia de este matrimonio no es ajena a la de casi un millón de exiliados, todos los que en la última década han salido de Bucarest, de los pueblos del interior o de las montañas de Transilvania para hacer patria en Madrid, en Castellón, en Zaragoza y en cualquier lugar de España al que la providencia les dirigiera. Sólo cambian los detalles: el dolor y la esperanza son los mismos que los de los otros. Dicen en la comunidad rumana que tienen mil tópicos que derribar. Que no todos son gitanos, ni tocan el acordeón en el metro, ni se hacen pasar por disminuidos para que les den dinero en los semáforos. Explica Daniel Comanita, presidente de las asociaciones rumanas de Castilla-La Mancha, que los medios de comunicación, a veces, les han hecho mucho daño, porque únicamente cuentan lo que hacen sus compatriotas que roban o que trafican con mujeres. «La inmensa mayoría de nosotros emigró de Rumanía para no morir de hambre y de pena, vino aquí por el idioma, el clima y las costumbres, se ha integrado en la sociedad civil y no sólo no causa problemas, sino que crea riqueza». Y precisamente en torno a este argumento han unido sus voces para levantarlas contra el Gobierno, los sindicatos y la patronal y exigirles que, desde el 1 de enero, cuando su país sea un socio más de la Unión Europea, no se pongan límites a su entrada en España ni a sus permisos para trabajar en nuestro país. Han tenido que unirse -y son casi un millón, según el Ministerio del Interior rumano, aunque nuestro padrón apenas reconoce 400.000- después de que el ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, anunció su propósito de dejar otros dos años en el limbo a todos los que aún no tienen los papeles en regla y a los que ni siquiera han llegado a España. El problema, que tiene más espinas que la alambrada de Melilla, es que los agentes sociales españoles, y el Gobierno más que ellos, tienen miedo de que si en enero caen todas las barreras legales contra la inmigración rumana, se puede producir una avalancha que colapse el sistema laboral español. Pero los rumanos, que acusan a Caldera de no haberse reunido con ellos para pedirles opinión, niegan la mayor. «Es imposible un éxodo, porque casi no queda mano de obra joven y cualificada en nuestro país», dice Miguel Fonda, presidente de la Federación de Asociaciones de rumanos en España. «Yo he estado en Rumanía hace tres o cuatro días y puedo decir que todo cambia a mucha velocidad. Tanto, que ahora nuestras empresas contratan allí a moldavos, chinos y hasta indios». A su juicio, «las pensiones medias están subiendo un 35 por ciento cada año, y los sindicatos reclaman subidas del 70 por ciento de los sueldos». Por eso confía en que «Rumanía goce desde ahora de muchos fondos estructurales de la Unión y eso hará que crezcamos todavía más deprisa». En este sentido, Daniel Tecu, rumano afincado en Coslada y comunicador de profesión -amén de dueño de una pastelería que regenta con su esposa-, añade que «si el Gobierno español hiciera las cosas con más sentido común se aprovecharía de los casi 400.000 rumanos que ya trabajan aquí para integrarlos en la Seguridad Social y hacer que este país fuera todavía más rico y creciera más deprisa». Un argumento que esgrime cualquier rumano -legalizado o no- residente en España es el de la falta de mano de obra. «La presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre, estuvo hace unas semanas en Bucarest y allí dijo que en los próximos tres años Madrid iba a necesitar medio millón de inmigrantes trabajadores más. ¿Por qué nos dice ahora Caldera que va a retrasar nuestra incorporación como trabajadores de pleno derecho? ¿Por qué quieren que nos vayamos si van a necesitar que volvamos?», se preguntaba Fonda. Y aún tiene otra duda: «¿Por qué los sindicatos dicen que les quitamos el trabajo a los españoles, cuando en realidad la mayoría de nosotros hace lo que ellos no desean?». Los rumanos no entienden nada, y recuerdan a Zapatero que en mayo les prometió integrarlos desde el 1 de enero. Este martes darán una rueda de prensa para contar que esa moratoria de dos años dejará a mucha gente en la ilegalidad. Y eso no es bueno para nadie.

 

Copyright  http://www.larazon.es